La misma conducta, funciones distintas: por qué la forma no dice para qué sirve

Dos personas cancelan un plan a última hora. Desde afuera la conducta se ve idéntica: el mismo mensaje, la misma disculpa. Una de ellas cancela porque la reunión incluye a alguien con quien tiene un conflicto sin resolver, y cancelar elimina ese encuentro. La otra cancela porque llegó agotada del trabajo y quedarse en casa le da el descanso que su agenda no le permite de otra manera. La forma es la misma; lo que cada una consigue con ella es distinto.

En el análisis funcional de la conducta, eso que cada una consigue se llama función. La función de una conducta es la relación que guarda con la consecuencia que la mantiene: lo que produce en el entorno y explica por qué sigue ocurriendo. La forma visible, lo que podría grabarse en video, se llama topografía, y solo describe cómo se ve la conducta. Dos conductas pueden verse igual y funcionar de manera distinta, y dos conductas que se ven distintas pueden funcionar igual.

En las semanas anteriores armamos dos piezas de este vocabulario. La contingencia describe la unidad completa: antecedente, conducta y consecuencia. El reforzamiento describe el efecto de una consecuencia: aumenta la probabilidad de que la conducta se repita. La función une ambas ideas al responder una pregunta concreta: cuál es, en este caso particular, la consecuencia que sostiene la conducta. Y como existen dos tipos de reforzamiento, la función puede ser agregar algo al entorno (una noticia, una aprobación, atención) o retirar algo aversivo (una molestia, una tarea, una situación incómoda).

La literatura del análisis funcional (Segura, Sánchez y Barbado) lo formula en dos sentidos. En el primero, una misma topografía puede tener funciones diferentes. Revisar el teléfono durante una reunión larga suele retirar el aburrimiento: la conducta se repite porque, cada vez, esa sensación baja. Revisar el teléfono mientras se espera una respuesta importante cumple otra función: produce información que la persona quería recibir. La acción es la misma, pero en un caso retira algo y en el otro agrega algo.

En el segundo sentido, topografías distintas pueden compartir la misma función. Llegar tarde a una presentación, sentarse hasta el fondo y no ofrecerse a hablar en la reunión son tres conductas que no se parecen entre sí. Sin embargo, las tres pueden compartir un mismo efecto: dejan a la persona fuera de la mirada y la evaluación de los demás, y con ello retiran la incomodidad que esa exposición le produce. Quien las observa por separado ve tres hábitos sin relación; quien las analiza por su función ve un solo patrón.

La misma lógica aplica a los estímulos. Un objeto o situación es, en sí mismo, solo un conjunto de propiedades físicas, y adquiere una función cuando entra en relación con la conducta de una persona. Por eso una reunión de trabajo puede ser un antecedente que ocasiona evitación en alguien y una oportunidad que ocasiona participación en otra persona. La función no está en la conducta ni en la situación por separado: se establece en la relación entre ambas, a partir de la historia de contingencias de cada quien, la misma historia de la que hablamos en la primera pieza.

De ahí se desprende una consecuencia práctica. Como la función no puede deducirse de la forma, no se identifica a partir de una etiqueta («es impuntual», «es desorganizada») ni de una lista de conductas. Se identifica observando qué antecede y qué sigue a la conducta en cada ocasión. Y mientras la consecuencia que sostiene al patrón siga disponible, intervenir solo sobre una de sus formas deja intacta la relación que lo mantiene. Es un mecanismo coherente con lo que ya vimos: si la conducta sigue funcionando, es esperable que persista, incluso con otra apariencia.

Por eso el análisis funcional ocupa un lugar central en la psicoterapia basada en evidencia. Antes de intervenir sobre cualquier patrón, como la evitación, la rumiación o la postergación, el trabajo clínico consiste en identificar para qué sirve esa conducta en la vida de la persona, y a partir de ahí diseñar la intervención. Dos personas con la misma queja pueden necesitar tratamientos distintos, y dos personas con quejas distintas pueden necesitar el mismo.

La próxima semana cerramos los fundamentos con la extinción: qué ocurre cuando la consecuencia que sostiene una conducta deja de presentarse. Para llegar ahí hace falta lo que vimos hoy, porque solo se puede retirar una consecuencia si antes se sabe cuál es.

Si hay una conducta que llevas tiempo intentando cambiar sin lograrlo, agendar una consulta es un siguiente paso razonable: identificar su función es lo que permite intervenir donde realmente se sostiene.

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