El alivio que sostiene el problema: cómo la evitación mantiene lo que promete resolver

Alguien recibe una notificación de un correo del trabajo, siente una opresión en el pecho, y decide revisarlo “más tarde”. Ese “más tarde” alivia la opresión de inmediato. El correo, sin abrir, deja de generar esa sensación en cuanto se cierra la aplicación. Ese alivio inmediato es la razón exacta por la que la próxima vez que llegue una notificación parecida, la persona volverá a posponerla. No es falta de disciplina: es el mismo mecanismo que revisamos hace dos semanas con el reforzamiento negativo, aplicado ahora a un proceso que aparece, con distintas formas, en prácticamente cualquier malestar emocional: la evitación.

La evitación es, funcionalmente, cualquier conducta —abierta o encubierta— cuya consecuencia es escapar o prevenir el contacto con algo que la persona anticipa como aversivo: una sensación corporal, un pensamiento, una emoción, una situación social, un resultado incierto. Como vimos con el reforzamiento negativo, quitar algo incómodo de inmediato después de una conducta aumenta la probabilidad de que esa conducta se repita. La evitación funciona exactamente así, y funciona bien: eso es, precisamente, lo que la vuelve tan difícil de modificar.

El problema no está en que la evitación no funcione. Está en que funciona demasiado bien a corto plazo y a costa del mediano y largo plazo. Cuando alguien evita algo que teme —una conversación difícil, un examen médico, una situación social—, obtiene alivio inmediato, pero nunca llega a comprobar qué habría pasado si hubiera tenido contacto con esa situación. La consecuencia temida se queda sin poner a prueba. Y aquí es donde se conecta con lo que vimos la semana pasada sobre extinción: para que un miedo se extinga, hace falta exposición repetida a la ausencia de la consecuencia temida. La evitación impide exactamente eso. Cada vez que la persona evita, previene la única experiencia que podría extinguir el miedo, y en cambio refuerza, una vez más, la propia evitación.

Ese es el motivo por el que se le llama proceso transdiagnóstico: no es exclusivo de ningún cuadro clínico particular. Aparece, con formas distintas, en la ansiedad social (evitar situaciones de exposición), en el trastorno obsesivo-compulsivo (rituales que alivian una obsesión), en la depresión (retraimiento conductual, dejar de hacer actividades que antes generaban valor o disfrute), en el duelo complicado (evitar recordatorios de la pérdida), e incluso en patrones cotidianos sin ningún diagnóstico de por medio, como posponer una conversación incómoda o revisar el correo “después”. La forma topográfica cambia según el caso; la función —escapar de algo aversivo mediante reforzamiento negativo— es la misma.

La evitación tampoco se limita a la forma obvia de “no ir” o “no hacer”. Existen formas encubiertas y sutiles: distraerse a propósito, suprimir un pensamiento, buscar reaseguro constante de otra persona, sobre-prepararse para una situación hasta el agotamiento, o incluso enfrentar una situación temida pero con “conductas de seguridad” —cargar medicamento por si acaso, sentarse cerca de la salida, evitar el contacto visual—, que reducen la ansiedad en el momento sin permitir el contacto real con la situación. Todas cumplen la misma función que evitar por completo, aunque se vean muy distintas por fuera.

Identificar la evitación en un caso concreto requiere, otra vez, el mismo ejercicio de análisis funcional que hemos venido armando: no basta con nombrar la conducta —“procrastina”, “es evitativo”—, hace falta registrar qué situación o sensación antecede la conducta de evitar, y qué alivio inmediato sigue. Ese registro es exactamente el punto de partida de intervenciones con la evidencia más sólida para procesos ansiosos y evitativos, como la exposición: dejar de evitar, de forma gradual y sostenida, para que el sistema tenga finalmente la oportunidad de comprobar qué pasa en realidad. Si hay una situación, una sensación o una conversación que llevas evitando de forma sistemática, ese patrón —y no solo el malestar puntual que dispara— es exactamente lo que se trabaja en psicoterapia basada en evidencia.

Mira el reel de este tema en mis redes

Instagram
Facebook
TikTok
LinkedIn

La aplicación práctica de este tema llega cada jueves a tu correo.

Análisis breve, con enfoque en evidencia.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *